Cada episodio era un encuentro entre dos mundos: la autenticidad de la vida rural y la expresividad desbordante del universo drag, dando lugar a momentos de ternura, reflexión y alegría compartida.
Como operador de cámara, mi labor se centró en captar la verdad emocional y estética de esos encuentros, equilibrando la belleza visual con la sinceridad de las miradas, los paisajes y las conversaciones. La serie apostaba por una fotografía cálida, humana y luminosa, que realzaba tanto los colores vibrantes del espectáculo como la naturalidad de la convivencia.
Este proyecto fue una experiencia vital y transformadora, no solo por su valor audiovisual, sino por su impacto humano. En cada pueblo, las cámaras fueron testigos de un cambio: pequeñas revoluciones personales que demuestran que la visibilidad, el respeto y la diversidad son motores de progreso. Participar en esta serie significó formar parte de una historia que une televisión, arte y compromiso social en un formato profundamente inspirador.