La imagen aérea se ha convertido en una herramienta esencial para ampliar la mirada del relato audiovisual, y en mi caso, ha sido una extensión natural de mi forma de contar historias. Con más de cinco años de experiencia como piloto de drones, he tenido la oportunidad de volar en entornos muy diversos. Desde los impresionantes paisajes glaciares de Islandia hasta las deslumbrantes aguas de las Islas Maldivas. También por numerosas ciudades de España, incluyendo entornos urbanos complejos como Madrid o Barcelona.
Cada vuelo supone un reto técnico, pero también una oportunidad de capturar la emoción desde una nueva perspectiva, revelando la magnitud de los paisajes, la textura de los lugares y la energía de las personas. Siempre he tratado de integrar la filmación aérea en secuencias de acción de manera se entienda como una cámara más, otra mirada que ayuda a soportar el reto de cada narración audiovisual.
La posibilidad de contar con un dron en una producción no solo aporta una dimensión estética y visual, sino que también permite narrar desde la distancia lo que a veces no se puede expresar desde tierra: la inmensidad, la soledad o la belleza de un instante.
