Como operador de cámara, formar parte de este formato significó vivir de cerca el espíritu del viaje, la superación y la emoción constante. Cada etapa era un desafío técnico y humano, donde la improvisación, la resistencia y la mirada sensible eran esenciales para capturar la intensidad de cada encuentro y cada paisaje. Más allá de la competición, el programa reflejaba la belleza de la diversidad cultural y la conexión entre las personas. Fue una experiencia vital e inolvidable, en la que el trabajo detrás de la cámara se convertía también en un viaje interior lleno de aprendizaje, emoción y descubrimiento.